Acostumbro a utilizar los reversos o los blancos de los programas de mano para anotar las llamaradas o chispazos musicales dignos de ser reseñados. Digamos que es un esbozo a mano alzada del concierto al que asisto. Para captar la impresión que a uno le produce un evento musical debe arramblar con lo primero que se le pone a tiro. Emborronar el primer trozo de papel que le cae sus manos. Sin estos ilegibles borrones la impresión a menudo se desvanece del todo, valga la paradoja. Como cuando uno quiere plasmar el recuerdo de un sueño y se afana a escribir, dibujar lo primero que se le ocurre. Cada segundo que pasa juega en su contra. Los sueños, y las ensoñaciones musicales, tienen una memoria muy corta, fugaz. A evitar que ello sea así ayuda este remedio casero. Sin garabatos previos no hay forma que se aguante.
En tiempos del metaverso la inteligencia parece un atributo reservado en exclusiva al objeto (los móviles inteligentes, las pantallas…, los vehículos…, todo es inteligente, excepto el usuario). Por eso, reivindicar de vez en cuando la presunción de inteligencia, también en el sujeto, no está de más. En un mundo abierto de piernas, en spagat de 360 grados, a las bondades de la inteligencia artificial, la labor creativa resulta cada vez más absurda y quijotesca, a la vez que necesaria. Poner letra a lo inefable, menudo dislate. En esas estamos, diez años ya, metidos siempre en camisas de once varas y en corsés de doce notas.


