El fanatismo musical de Hitler podía justificar la sentencia de muerte de quienes promovieran la mal llamada Entartete Musik o “música degenerada”. Otro tanto ocurría bajo el yugo de Stalin, instaurando un régimen de paranoia y delación. El rumbo que marcaran los gustos del director podía ser fatal para todos aquellos artistas que no fuesen de su agrado. Su fiel lacayo, el responsable de la ley Zhdanov que ceñía hasta la asfixia los márgenes de lo que estaba y no estaba permitido, condicionó insoportablemente la libertad creativa de músicos como Kachaturian, Prokofiev y Shostakóvich, a pesar de que su obra hubiera servido tantas veces a los fines propagandísticos del Partido. Pero aún recientemente acusado de “formalista” –sin que esa crítica tuviera nada que ver con la estética hanslickiana–, un joven Shostakóvich que todavía no había cumplido la treintena comenzó a escribir la composición que le granjearía merecidamente la fama internacional: su 7ª Sinfonía, conocida con el título de Leningrado.
De eso va (en parte) el libro de Brian Moynahan que ahora nos ocupa, una emocionante y detalladísima crónica del largo asedio del ejército alemán. Adoptando un enfoque casi cinematográfico, la narración de Moynahan va entrecruzando diversas historias paralelas en las que la figura de Shostakovich adquiere un papel a veces testimonial y otras como exclusivo protagonista. No en vano flanquea el texto un abundante dramatis personae (en el que se mencionan los nombres de Anna Ajmatova, Vladimir Mayakovski y Alexander Glazumov, entre otros) y un extenso índice onomástico de 20 páginas, amén de una densa bibliografía que hará las delicias de historiadores y periodistas. Asimismo, el libro en cuestión incluye al inicio una breve colección de mapas que exponen los movimientos de ocupación que poco a poco fueron encorsetando la ciudad. Sin duda todo este recuento de datos –agotador para lectores con mucha prisa– es motivo más que suficiente para atesorar este libro en las bibliotecas mejor surtidas.
Moynahan también se detiene (y mucho) en las penurias y miserias por las que pasó la población civil durante el largo asedio que se extendió por tiempo de un año y que llevó desesperadamente a la gente hasta la práctica del canibalismo. Para muchas personas, una muerte repentina por obús era preferible antes que la lenta agonía de una vida sin valores como la que estaba minando el alma de Leningrado. Al respecto, el trabajo de Moynahan contiene pasajes de una descarnada pero doliente belleza como el que dedica al ansia de supervivencia de los niños de un orfanato o el épico capítulo final en el que describe el estreno público en Leningrado de la sinfonía escrita a su nombre. Un estreno, por cierto, muy accidentado porque la orquesta local, viéndose tan diezmada de músicos (algunos habían muerto de hambre o estaban mutilados por alguna explosión), tuvo que “pedir prestados” a varios soldados del frente que supieran tocar algún instrumento. Este “encargo” les salvaría literalmente la vida.
No fue fácil completar una orquesta que debía alcanzar los 80 miembros que precisaba la partitura de Shostakóvich, quien sudó tinta para esquivar los impedimentos de la censura para estrenar su pieza aunque fuese bajo el fuego enemigo. Por suerte, en los días más duros del asedio, algunos teatros de la ciudad habían empezado a recuperar (¡con lleno hasta la bandera!) ciertas operetas burguesas que en los períodos inmediatamente anteriores a la guerra no habían pasado la criba “antidecadentista”, como fue el caso de Chaikovsky, a quien de repente se le perdonaba la veda caprichosamente. Este leve soplo de aire fresco apenas tuvo eco en el atropellado estreno de la 7ª: las críticas fueron nefastas, pero la experiencia que relatan los integrantes de aquella improvisada orquesta y los galones que se prendieron en el pecho los responsables políticos, administrativos e institucionales eleva el episodio a la categoría de hito histórico. Para la mayoría de quienes compartieron con Shostakóvich aquel ajetreado proceso creativo y su posterior presentación ante el público fue un hecho significativo que les cambió por completo. Oír por primera vez la 7ª con el ruido de fondo de las bombas nazis fue como un fenómeno catártico, sobre todo por la liberación de tantos sentimientos reprimidos (el odio, la rabia, el temor y la esperanza).
Pero la pesadilla no se atenuó después del estreno. Con Zhdanov aún en el poder, se mantuvo la prohibición contra Shostakóvich hasta el punto de apartarle de la docencia académica. Durante mucho tiempo, la 7ª se siguió interpretando con sumo éxito en el extranjero, pero nunca volvió a escucharse en su propio país. Leningrado, la sinfonía, tan sólo adquiría significación como arma propagandística. Pero desprovista de los atributos populistas con que fue difundida, no dejaba de ser “otra obra formalista más” de las que tanto aberraban los ideólogos del Partido. Leningrado, el libro, nos enseña una lección magistral sobre cómo se construyen los criterios culturales, cómo se gesta la sensibilidad musical de un público y cómo afectan las circunstancias sociales y biográficas en los procesos de creación. Y lo hace de manera inigualable (o casi, si nos remitimos al excelente trabajo de investigación con que Alex Ross repasaba la historia de la cultura occidental del pasado siglo a través de la música).
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