Su larga carrera está trufada de éxitos discográficos. Muchos de los cuales son precisamente los que exploraban ámbitos nuevos y sacaban al violonchelo de su repertorio y ambiente habitual.
A finales del milenio pasado ya tuvo la idea de crear este The Silk Road Ensemble (La banda de la ruta de la seda), y lo ha conseguido reclutando a músicos extraordinarios de todo el mundo -no cabe aquí la larguísima lista de nombres, pero sí aparecen en el librito, con unas notas, en inglés, muy reveladoras, escritas por los propios músicos- dispuestos a formar parte de esta experiencia creadora global.
El Ensemble ha hecho infinitas las, hasta ahora, dos dimensiones de la palabra fusión: ha creado piezas nuevas a partir de melodías sencillas o conocidas o tradicionales, interpretándolas con instrumentos de las culturas más diversas y elaborándolas en estilos absolutamente dispares. Como ellos mismos explican, la filosofía del grupo es ahondar en lo que une, más que en lo que separa; y va a resultar que se tiene mucho más en común de lo que se pensaba (prejuiciosamente) en un principio. Y es que ya hablaba su amigo Bobby McFerrrin del poder universal de la escala pentatónica…
La experiencia ha debido ser tan conmovedora que se ha plasmado en un documental (The Music of Strangers, a la espera de premios); y el grupo no deja de dar conciertos por EEUU; y para muestra de lo que hacen, el disco que comentamos hoy.
Lo que primero llama la atención de Sing Me Home es la calidad de los instrumentistas que participan, todos ellos grandes figuras reconocidas mundialmente dentro de su especialidad y tipo de música. Lo siguiente que nos sigue gustando, es la calidad de los arreglos y transformaciones de canciones y melodías, muchas de las cuales se convierten en obras nuevas, siendo la pieza original solo la excusa para el desarrollo de la creatividad. Sigue sorprendiendo, a medida que se reproduce el contenido, la categoría de la producción técnica: además de querer ser música de total actualidad, hay respeto a los intérpretes en las grabaciones, autenticidad a pesar de las mixturas, tratamiento adaptado a cada una de las canciones, los estilos y las agrupaciones que tocan en ellas. Estamos ante una obra en la que participan tantos buenos músicos de tan distinta índole que el resultado solo puede impactar de la forma más agradable que puede hacerlo un CD.
Podemos encontrar en él, a modo de obertura, una canción llena de sonidos de instrumentos procedentes del Lejano Oriente mezclados con muchos otros del Cercano y también de Occidente y con voces utilizadas de forma instrumental (por ejemplo, con el empleo del canto gutural). Escuchamos también músicas de tradición irlandesa o norteamericana, tocadas con instrumentos añadidos, además de los originales propios, conservando primero su sabor y notando luego el gusto de la novedad. Tropezamos con una melodía de inconfundible ritmo africano tocada con instrumentos malienses, pero también japoneses, sirios o indios, además de los occidentales clásicos, que hacen de amalgama, de manera que nos introducimos en una especie de jaima de sorprendente decoración miscelánea. Se nos transporta, con un espectacular contraste, a un mundo arcaico y moderno a un tiempo, a través del arreglo de la canción macedonia -a tres voces naturales con instrumentos-, de una belleza depurada e imponente. El moderno mix de las dos canciones profundamente japonesas convertidas en una danza rítmica y trepidante se hace espectacular al oído: como una obra de teatro Kabuki con los instrumentos como personajes; al igual que la canción tradicional india/persa transformada y ritmada de forma nueva, dentro de los patrones de la música india, nos parece la banda sonora perfecta para una película de Bollywood. Los efectos improvisados conseguidos, dentro del ambiente de la música para una boda en Siria, con el portento de la voz y el clarinete jugando tímbricamente, y alternando entre el cliché y la sorpresa, son más que impactantes. Como lo es también oír la melodía del movimiento lento central de la Novena Sinfonía de A. Dvořák, ¡cantada en chino!, en un arreglo que no deja de resultar extrañamente razonable y familiar, con una letra que habla del tema del disco: dónde está nuestro hogar.
La canción gallega tomada por La ruta de la seda es otro ejemplo de estas músicas del mundo escogidas, que hunden sus raíces en la tierra, tan profundamente, que se tocan en ella: Cabaliño, tocada con gaita y otro sinfín de instrumentos, que sin embargo no dejan que pierda su esencia, se convierte en un dúo precioso entre la voz y el chelo de Ma. Y ¿cómo es posible que nos veamos colocados en una calle de Luisiana al oír un tradicional blues y, repentinamente, nos parezca que no es en Nueva Orleans donde estamos sino en Bucarest, por la gracia de un clarinete (& Co.) que nos encanta? Una nueva fusión hindi (o indie) nos acerca al término. Como final, una canción de amor convertida en divertida canción de viaje, sirve de despedida, cantada y arreglada espléndidamente: Heart and Sould.
Este ambicioso proyecto mezcla tantas cosas: el norte y el sur, el este y el oeste, la tradición y la actualidad, lo culto y lo popular. Une a un número increíble de músicos increíbles para obtener una música extraordinaria y universal. Algunas pistas nos llevarán más lejos que otras en la búsqueda de nuestro hogar musical, pero seguro que nos sentiremos como en casa con todas ellas.
Por último, lo que llama también la atención de este disco es que sospechamos que quienes lo componen, sin duda, brillantes músicos, son también personas que entienden la música como un medio para comunicarse y unirse a los demás. Este proyecto parece ser más que una gran producción musical; parece, en esencia, un proyecto humano de un valor necesario en los momentos que vivimos.
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